Él era como de mi sangre.
Él era el que nunca llegó a ser real.
Él era el que nunca conquisté.
Él era aquel con el que más me divertía.
Él tenía la única polla que he venerado.
Él era aquel con quien no sabría decir qué era para mí más placentero, si su placer o el mío. Con los otros, mi placer era el único placer.
Él era el hombre que podía follar tres horas… sin correrse.
Él era el hombre que me enseñó el verdadero goce físico. Con los otros sólo me corría. Con él corría… hasta el Reino.
Él era dulce, dulce, dulce.
Él era el que rezumaba amor. Por las yemas de los dedos, con sus movimientos, con su piel y su polla.
Fuera de la cama no me daba nada. En la cama me daba todo aquello que yo, como mujer, podía desear.
Follaba como un mar embravecido.
Con él, yo tenía esos orgasmos externos, potentes pero tan breves y geográficamente específicos; era la progresión hacia un maremoto interior que anegaba mi cuerpo, mi cerebro y finalmente se derramaba en mi alma.
A diferencia de los otros, él nunca me pidió que fuera «suya», pero lo era.
Él era el único que me trataba como si fuera suya: en la cama. Todos los demás me trataban como si fuera suya cuando no estábamos en la cama, pero en la cama yo olía su miedo.
Con él, el sexo tenía que ver con la trascendencia; con los otros, con el poder.
Entraba y salía de mi coño, de mi culo, de mi vida. Los otros me asfixiaban, con el necio deseo de colonizar lo que codiciaban.
Follar con él era como respirar en un vasto espacio abierto.
Si no volvía a amar, moriría habiendo conocido un gran, gran amor.
Cuando me follaba, siempre había un momento en que todos mis pensamientos cesaban y se volvían hacia Dios: entraba en Su territorio.
Él no me daba placer. Me poseía.
Veréis, él fue a quien yo amé de verdad.
Tony Bentley (La rendición)
miércoles, 11 de septiembre de 2013
jueves, 21 de febrero de 2013
El entierro de los muertos (fragmento)
¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tú sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.
Thomas S Eliot
lunes, 18 de febrero de 2013
Morir
Morir,
eso no se hace cada día.
Muero al revés,
a cualquier hora del día,
después de levantarme,
durante el desayuno y
cuando toco el piano,
en cada minuto
la muerte.
No dejo nada,
muero sin herencia,
sin originalidad,
sin extraordinariedad,
sin ninguna palabra,
estoy saliendo en silencio,
se escuchan sólo moscas
que entraron por la ventana abierta.
Lukasz Czarnecki
Búsqueda
Busqué en vano, buceé en tu alma y corazón sin lograr hallar ni siquiera un atisbo de aquél amor otrora tan sublime.
Harto de dudas existenciales comencé a recorrer todos y cada uno de los rincones de tu cuerpo carnal.
Tampoco esta vez encontré nada, pero puedo asegurar que me resultó mucho más divertido y placentero.
Miguel Dorelo
La otra
De todas las mujeres que te habitan hay una agazapada que me espera. No la recatada, la escrupulosa, la puntual, la sutil comprensiva, la translúcida, la dignísima requetesabida. La otra: la enajenada, la procaz, la posesiva, la lasciva imprevista, la insaciable, la cruel, la inoportuna, la única respetable de esas tantas mujeres que te habitan.
domingo, 20 de enero de 2013
El peso exacto de la espuma (Fragmento)
olfateo la almohada
en busca de tu rastro,
el perro
recorre la casa
con el hocico pegado al piso
y se queda un largo rato en el cuarto,
el perro y yo sabemos
sabemos de tu olor de fiera en celo,
de tu rápido pasaje, de tus laberintos
y ahora te buscamos
desesperados,
un cataclismo
que llega y nos borra del mapa,
buscamos tus huellas en la casa
el perro se da cuenta, descubre en mi piel
cada uno de tus rastros,
me lame
se va dejando caer
y aúlla.
María Laura Blanco
Amor 77
Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.
Julio Cortázar. Un tal Lucas, 1979
Julio Cortázar. Un tal Lucas, 1979
El valor de un cobarde
Encontró su nota de despedida sobre la mesa de la cocina, por la tarde, al volver del trabajo. Tras leerla, se dejó caer sobre una silla y supuso que iba a ponerse a llorar pero... ¿por qué hacerlo?, ¿por un matrimonio muerto hace años? “Él sólo ha tenido el valor de acabar con esto”, se dijo, y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, porque ella se había pasado doce años diciendo que era un calzonazos y ahora era mentira.
Luisa Hurtado González
Luisa Hurtado González
Deseo
Miraba con avidez el cuerpo curvilíneo.
No podía evitarlo. Había aparecido en su campo visual dejándolo estático, con la boca reseca, sin voluntad para otra cosa que no fuera ese deseo loco de poseerla, de apretarla con sus manos febriles. De acercarla a su boca.
Ya no podía pensar y tanteó en el interior de sus pantalones. Sus dedos hurgaron con terca insistencia, casi con furia. Sabía cómo terminaría pero no se detuvo.
—¡¡Miseria!! —se dijo frustrado y reconociendo su derrota—. Ni una perra moneda, para la coca cola.
Lucía Amanda Coria
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