domingo, 28 de junio de 2009

Los nadaistas

Los Nadaístas invadieron la ciudad como una peste:
de los bares saxofónicos al silencio de los libros
de los estadios olímpicos a los profilácticos
de las soledades al ruido dorado de las muchedumbres
                     de sur a norte
al encenderse de rosa el día
hasta el advenimiento de los neones
y más tarde la consumación de los carbones nocturnos
                     hasta la bilis del alba.

Va solo hacia ninguna parte
porque no hay sitio para él en el mundo
                     no está triste por eso
                     le gusta vivir porque es tonto estar muerto
                     o no haber nacido.
Es un nadaísta porque no puede ser otra cosa
está marcado por el dolor de esta pregunta
                     que sale de su boca como un vómito tibio
                     de color malva y emocionante pureza:
                     “¿Por qué hay cosas y no más bien Nada?”
Este signo de interrogación lo distingue
de otras verdades y de otros seres.

El es él como una ola es una ola
lleva encima su color que lo define revolucionario
como es propia la liquidez del agua
                     del hombre ser mortal
                     del viento ser errante
                     del gusano arrastrarse a su agujero
de la noche ser oscura como un pensamiento
                     sin porvenir
Ha teñido su camisa de revolución
en los resplandores de los incendios
en el asesinato de la belleza
en el suicidio eléctrico del pensamiento
en las violaciones de las vírgenes
o simplemente en el barrio pobre de los tintoreros.

Lleva su camisa roja como un honor
como un cielo lleva su estrella
como un semáforo produce su luz intermitente
                     de catástrofe
como una envoltura de “pall-mall”
perfumando su pecho de adolescente.

El Nadaísta es joven y resplandece de soledad
                     es un eclipse bajo los neones pálidos
                     y los alambres del telégrafo
                     es, en el estruendo de la ciudad
                     y entre sus rascacielos,
                     el asombro de una flor teñida de púrpura
                     en los desechos de la locura.

Tiene el peligro de los labios rojos y los polvorines
mira los objetivos con ojos tristes de aniversario
                     es el terror de los retóricos
                     y los fabricantes de moral
es sensitivo como un gonococo esquizofrénico
inteligente como un tratado de magia negra
ruidoso como una carambola a las dos de la mañana
amotinado como un olor de alcantarillo
                     frívolo como un cumpleaños
es un monje sibarita que camina sin temblor
                     a su condenación eterna
                     sobre zapatos de gamuza.

Sufre el vértigo de los sacudimientos
                     electrónicos del jazz
                     y las velocidades a contra-reloj
corazón de rayo de voltio que estalla
                     en el parabrisas de un Volkswagen
                     deseando la mujer de tu prójimo.
                     Se aburre mortalmente pero existe.

No se suicida porque ama furiosamente fornicar
jugar billar-pool en las noches inagotables
                     brindar ron en honor a su existencia
estirarse en los prados bajo las lunas metálicas
                     no pensar
                          no cansarse
                                no morirse de felicidad
                                      ni de aburrimiento.

Es espléndido como una estrella muerta
      que gira con radar en los vagos cielos vacíos.
          No es nada pero es un Nadaísta
              ¡Y está salvado!
G.A

Razones del ausente

Si alguien les pregunta por él,
díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa
acaso ya nadie reconozca su rostro; díganle también que no dejó
razones para nadie, que tenía un mensaje secreto, algo
importante que decirles
pero que lo ha olvidado.
Díganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra
parte del mundo, díganle que todavía no es feliz,
si esto hace feliz a alguno de ellos; díganle también que se fue
con el corazón vacío y seco
y díganle que eso no importa ni siquiera para la lástima o el perdón
y que ni el mismo sufre por eso,
que ya no cree en nada ni en nadie y mucho menos en el mismo,
que tantas cosas que vio
apagaron su mirada y ahora, ciego, necesita del
tacto, díganle
que alguna vez tuvo un leve rescoldo de fe en Dios, en un día de sol,
díganle que hubo palabras
que le hicieron creer en él amor y luego supo que el amor dura
lo que dura una palabra.
Díganle qué como un globo de aire perforado a tiros,
su alma fue cayendo hasta el infierno que lo vive y
que ni siquiera está desesperado y díganle que a veces piensa
que esa calma inexorable es su castigo; díganle que ignora
cuál es su pecado y que la culpa
que lo arrastra por el mundo la considera apenas otro dato del problema
y díganle que en ciertas noches de insomnio y aun en otras
en que cree haberlo soñado,
teme que acaso la culpa sea la única parte de si mismo que le queda
y díganle que en ciertas mañanas llenas de luz
y en medio de las tardes de piadosa lujuria y también
borracho de vino en noches de lluvia
siente cierta alegría pueril por su inocencia y díganle
que en esas ocasiones dichosas habla a solas.
Díganle que si alguna vez regresa, volverá con dos cerezas en sus ojos
y una planta de moras sembrada en su estómago y una serpiente
enroscada en su cuello.
Y tampoco esperará nada de nadie y se ganará la vida honradamente,
de adivino leyendo cartas y celebrando
extrañas ceremonias en las que no creerá y díganle
que se llevó consigo algunas supersticiones, tres fetiches,
ciertas complicidades mal entendidas y el recuerdo
de dos o tres rostros
que siempre vuelven a el en la oscuridad
y nada.

DARÍO JARAMILLOAGUDELO (1947- )

Ella y yo hacíamos el amor diariamente

Ella y yo hacíamos el amor diariamente.
En otras palabras,
Los lunes, los martes y los miércoles
Hacíamos el amor invariablemente...
Los jueves, los viernes, y los sábados,
Hacíamos el amor igualmente...
Por ultimo los domingos
Hacíamos el amor religiosamente.
Hacíamos el amor compulsivamente.
Lo hacíamos deliberadamente.
Lo hacíamos espontáneamente.
Hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres,
Por favor, por supuesto, por teléfono,
De primera intención y en ultima instancia
Por no dejar y por si acaso,
Como primera medida y como ultimo recurso.
Hicimos el amor por osmosis y por simbiosis:
Y a eso le llamábamos hacer el amor científicamente
Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí:
Es decir, recíprocamente.
Cuando ella quedaba a la mitad de un orgasmo
Y yo con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla
Entonces hacíamos el amor lastimosamente.
Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me
Imaginaba que no iba a poder, y no podía,
Y ella pensaba que no iba a sentir, y no sentía,
O bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de
Los dos alcanzaba el orgasmo.
Decíamos entonces
Que habíamos hecho el amor aproximadamente.
O bien a ella le daba por recordar las ardillas que el tío
Esteban le trajo de Wisconsin
Que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas a creolina
Y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos
Con sus sillas vienesas y sus macetas de rosas,
Esperando la eclosión de las cuatro de la tarde...
Así era como hacíamos el amor nostálgicamente
Viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.
Muchas veces hicimos el amor contra natura,
A favor de natura,
Ignorando a natura.
O de noche con la luz encendida,
O de día con los ojos cerrados.
O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia,
O viceversa.
Contentos, felices, dolientes, amargados,
Con remordimientos y sin sentido.
Con sueño y con frío,
Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida,
Y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro,
Entonces hacíamos el amor inútilmente.
Para envidia de nuestros amigos y enemigos,
Hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente.
Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente.
Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.
Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente.
Hacíamos el amor físicamente,
De pie y cantando,
De rodillas y rezando, acostados y soñando.
Y sobre todo,
Y por la simple razón
De que yo lo quería así
Y ella también,
Hacíamos el amor...voluntariamente.

Palinuro de México Fernando del Paso