Él era como de mi sangre.
Él era el que nunca llegó a ser real.
Él era el que nunca conquisté.
Él era aquel con el que más me divertía.
Él tenía la única polla que he venerado.
Él era aquel con quien no sabría decir qué era para mí más placentero, si su placer o el mío. Con los otros, mi placer era el único placer.
Él era el hombre que podía follar tres horas… sin correrse.
Él era el hombre que me enseñó el verdadero goce físico. Con los otros sólo me corría. Con él corría… hasta el Reino.
Él era dulce, dulce, dulce.
Él era el que rezumaba amor. Por las yemas de los dedos, con sus movimientos, con su piel y su polla.
Fuera de la cama no me daba nada. En la cama me daba todo aquello que yo, como mujer, podía desear.
Follaba como un mar embravecido.
Con él, yo tenía esos orgasmos externos, potentes pero tan breves y geográficamente específicos; era la progresión hacia un maremoto interior que anegaba mi cuerpo, mi cerebro y finalmente se derramaba en mi alma.
A diferencia de los otros, él nunca me pidió que fuera «suya», pero lo era.
Él era el único que me trataba como si fuera suya: en la cama. Todos los demás me trataban como si fuera suya cuando no estábamos en la cama, pero en la cama yo olía su miedo.
Con él, el sexo tenía que ver con la trascendencia; con los otros, con el poder.
Entraba y salía de mi coño, de mi culo, de mi vida. Los otros me asfixiaban, con el necio deseo de colonizar lo que codiciaban.
Follar con él era como respirar en un vasto espacio abierto.
Si no volvía a amar, moriría habiendo conocido un gran, gran amor.
Cuando me follaba, siempre había un momento en que todos mis pensamientos cesaban y se volvían hacia Dios: entraba en Su territorio.
Él no me daba placer. Me poseía.
Veréis, él fue a quien yo amé de verdad.
Tony Bentley (La rendición)